Saldré a buscarte hoy,
que nada ha sucedido,
escalaré en la noche
tu balcón,
a través de un oscuro imaginado
hollando mis pasos tu respiración
como huellas
en la nieve nueva,
frente al mar
sin ola de tu rostro,
confinada tras tus párpados rendidos,
en la oquedad de tu belleza
romperé los espejismos, escarcha
de la locura,
fundida en sol
de labio,
derramaré las venas, tensas
como alaridos sin garganta
y sobre las líneas con que
te dibuje la luna
caminaré la sombra incierta de tu cuerpo,
con el escalofrío lento del bosque
al consumir
las ruinas del templo
abandonado, te veré
sin el tacto interminable de las
botas contra el frío,
como si aún quedase algo
sagrado ante lo que rendirse,
como si abajo
en el campo de los cuervos, el polvo,
la sangre
se hubiesen detenido,
porque amanece.
Te miraré en la ausencia
de las aves, de los gatos, de las calles, de
los hombres que se ahogan
en el cielo porque
no te aman,
yo toco
tierra en tu aliento, en tu
boca
entreabierta.
Roba, devórame, deja sólo
mi nombre
y escribe debajo:
Lo maté porque se negaba a vivir
sin amar, como un perro
en
rabia constante,
a caminar el viento como recluso
de sí mismo, a
ser palabra perdida en
miradas.
Y cuando te pregunten
por mí, muéstralo.
Cualquier pescadora de Bangladesh conocedora de su existencia pasaría una vida lanzando una y otra vez el anzuelo para reanimar del ceniciento Ganges el alma de este poema.
ResponderEliminarQue burrada, Nico. Me he metido por casualidad y es lo primero que he leído. Mi deber era felicitarte. Gracias.
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