martes, 28 de febrero de 2017

Bachata al anochecer.

La bachata suena a todo volumen.

Cuerpos agitándose en la oscuridad como espectros multicolor.

En un taburete hay un niño, en la barra tiene dos muñecos, uno rojo y otro azul, los mueve entre botellines, como títeres se pelean y charlan (en su boca los labios se mueven imitando explosiones y chácharas). Y los deformes gigantes bañados de luces se agitan alrededor de él.

Está claro que lleva allí un buen rato, se aburre y la bachata no le gusta.

 A mí tampoco y yo no puedo tumbarme en un taburete panza abajo ni rebozarme por el suelo frotándome los ojos y arañándome el cabello hasta que un gigante me recoja y me limpie el polvo.

Acabo de salir de trabajar y no puedo tomarme en serio el asunto de la bachata. Uno se acostumbra a perder pequeñas batallas, a hacer concesiones circunstanciales. A uno le empieza a importar cada vez menos el estado general de las cosas mientras no le jodan.

Pero el chico aún pelea todas las batallas, de todos los tamaños, hasta caer rendido.

Aquí viene, su cara pierde pinceladas y tiende a lo minimalista, los labios se detienen, los muñecos enzarzados en mortal combate se vuelven apáticos y olvidan por qué habían venido a luchar a la barra del bar, quedan yertos y perdidos, tumbados entre la cerveza y los cacahuetes. Sus ojos se clavan en un punto fijo, su cerebro se cuelga en la contemplación de las sombras que danzan, para él es un paisaje extraño donde la magia rezuma palabras de lenguas antiguas, lenguajes que fluyen en la sangre, bajo la piel. Se empana, se atasca como la mosca aplastada en el aguacero, como el escarabajo clavado bajo el cristal, los parpados cierran la línea restante y se hace noche en la torre iluminada.

Se queda flojo sobre el taburete con las piernas dobladas y los brazos colgando.

Una de las criaturas se preocupa y sale de la niebla de la bachata.

Su madre.

Bajo el estruendo musical se adivinan las tiernas palabras que le dirige mientras acaricia su cara, levanta al adormilado y lo pasea, sus amigas se acercan y hay una marea de manos que le toquetean la cabeza, pellizcan las mejillas y tratan de establecer contacto verbal diciendo: “Cuchi”, “pequeñín”, “cari”, “ay que monada”, “hola cuchi” y “esta cansadito el pobre”.

El niño gira la cara para no verlas, con pocos resultados ya que la manada se viene arriba y comienzan a bailar de nuevo, la madre baila con él en los brazos, le dice: “escucha, escucha, vamos a bailar”. Y danzan alborozadas elevando sus curvas y espíritus al son de la bachata. El niño relaja las extremidades, dejándose caer lánguidamente hacia un infinito desfiladero, trata de demostrar que está cansado y que no le apetece alborozarse en un bar al son de la bachata, esconde la cara entre los pechos como si allí hubiera una cabina hermética donde podría aislarse un astronauta de los rigores espaciales, de la inmensidad helada donde vientos sin sonido aúllan las indescifrables voces de las estrellas nacientes.

La madre le baja al suelo para tratar de animarle, el niño está de pie entre los gigantes, mirando una docena de rodillas sin saber muy bien que se le pide, la tribu trata de mostrarle las peculiaridades del baile para que se una, pero lamentablemente la bachata es un asunto más complejo de lo que puede parecer a primera vista y el solo levanta los pies con desgana con movimientos patéticos y desincronizados.

La madre, seriamente preocupada porque su retoño no sepa bailar, le agarra de los brazos y le hace bailar, la cara del niño es tranquila pero severa, le menea por los hombros, parece un títere desmadejado agitado por el marionetista más triste de la ciudad, las amigas le rodean y hacen como que bailan con él, les hace mucha gracia dar vueltas alrededor de algo adorable y se carcajean borrachas mientras el crio trata de moverse al ritmo, está justo en su incapacidad para hacerlo el chiste, supongo yo.

En algún momento el niño se alza, se rebela contra la bachata y decide tirarse al suelo, lanzar un órdago, apostar fuerte por la vía de escape, hacerse el muerto.

Las mujeres se ríen menos y dicen “oh”, “estará cansadito”, “pobrecito”, “cosita”, y cualquier adjetivo con esa terminación y que implique lastima o ternura por el sujeto.
La rebelión triunfa y finalmente la madre, tras hablar con él se da cuenta de que tiene que salir de allí. Así que sale a fumarse un cigarro y le sienta en un coche, el niño mira la calle y parece más tranquilo, se agarra al brazo del gigante y mira alargarse el callejón hacia el final.

En el bar los muñecos continúan en la barra, yo también. Una borracha los coge y se ríe con labios amoratados de vino, como si hiciera años que no veía una herramienta de evasión imaginativa. Se los pone en los hombros y le dice a la amiga: “Échame una foto, échame una foto”.

Los muñecos no entienden nada.

Cuando salgo a la calle recuerdo que tengo un robot en la mochila, que siempre guarda al menos un par de juguetes estúpidos. En fin, para mí el robot no puede ser un robot, es solo un recordatorio de que hay que hacer siempre un poco el tonto, me gusta ponerlo en la mesa del café y mirarlo andar, pero es realmente complicado jugar con él, yo ya no puedo jugar con el maldito robot, no como el chico podría, por eso lo llevo encima, para no olvidarme de que hay que intentarlo.

La aproximación a niños, siendo un desconocido con barba de tres días es generalmente complicada, nadie cree que alguien como yo quiera jugar con un niño o contarle una historia, al acercarme me miran mal y sonrío para ablandar las cosas, me agacho frente al chico y le digo: “¿hola cómo estás?”. Como era de esperar, era lo que le faltaba al pobre y gira la cabeza para no verme en absoluto. “Mira”, le digo con el robot en la mano, no se gira, de modo que dejo el robot sobre el coche y lo enciendo, el robot ahí en medio hace algo extraño y todo el mundo lo mira, incluido el chaval, que de inmediato entiende que un objeto de tanto poder ha de estar en sus manos, me alejo para que vea que yo ya no tengo nada que ver con el robot y que renuncio a su uso. El niño lo coge y se distrae, seguro que él aun es capaz de llevar a ese robot de vuelta a su planeta.

Al fin y al cabo, no se cuanta bachata le queda por delante, necesitará estar armado con objetos mágicos de toda clase para no morirse del aburrimiento entre los gigantes incomprensibles y estúpidos. Es una lástima que ahora seamos solo eso. Una señora me pregunta: “¿Es para él?”
“Sí”, le contesto. “¿Cómo es que tenías un robot en la mochila?” Me pregunta.
“No lo sé”, contesto.

Y me aleje de allí pensando en si pillaría el autobús de y media, y en si la madre sabrá como cambiar las pilas con un pequeño destornillador cuando el pequeño robot se apague. El robot tenía dos horas de funcionamiento continuo.


Nunca volví a saber nada de él.





miércoles, 15 de febrero de 2017

Ensueño

Hay un último continente entre detrás y encima de los usualmente conocidos.

Un lugar sin cartografiar, más allá de satélites y demás máquinas voladoras, al que solo se puede llegar al viejo estilo, caminando.

Nadie suele visitarlo porque los caminantes se quedan a vivir en los demás continentes antes de llegar, o creen que no puede existir nada que no haya sido fotografiado y registrado en un libro de viajes, algunos sencillamente se cansan antes de llegar.

Pues bien, justo ahí, en el último continente, es donde se encuentran los monstruos.

En este lugar montañoso de cuevas interminables y cielos rojos, con llanuras demasiado luminosas para descansar tus ojos y ciudades demasiado retorcidas como para no perderse, viven los monstruos y estos como cualquiera, también duermen.

Duermen el primer día de sol tras semanas del feroz invierno que corroe tus huesos y cuando te enamoras, duermen cuando te ríes desde el estómago en logar de poner la mueca impostada habitual y recuerdas que cuanto hacia que no te reías como si fueras una persona y no una careta de cartón, cuando ningún autobús llega tarde y te gusta estar en tu piel.

Esa es la clase de momentos en los que los monstruos duermen.

A veces siestas de unos minutos cuando ves una persona que te gusta en el metro y las sonrisas vuelan como aves sin denominación científica, la magia gravita cubriendo de chispas la megafonía y los pulsos se aceleran como canciones en su cenit, pero ¡oh! Lástima, nadie hace nada al respecto, te bajas en la estación y la sonrisa es ahora un pañuelo de despedida a través del cristal, un “no suelo coger esta ruta”.

A veces duermen por semanas, cuando haces ese viaje extraordinario que planeaste en las horas para comer de tu trabajo y la libertad tañe tus pasos, alberga notas el horizonte como el pentagrama cambiante de una canción que narra tu entusiasmo, antes de recordar que aunque toda ciudad es distinta, los que viven en ellas son siempre los mismos.
O cuando regresas de la consulta, resulta que era benigno y durante muchos días la vida brilla y tú tienes permiso para estar aquí con los demás y te lo tomas en serio, existes a pleno rendimiento asiendo la belleza con un parpado y el placer con el otro, agradecido de cada minúsculo detalle que antes habría sido invisible, habría quedado a un lado mientras caminando, bajabas los infinitos muros de Instagram.

Entonces es cuando duermen los monstruos
Y los monstruos también sueñan, sueñan con nosotros.

Con un niño que hace tropezar al que corre por diversión, con la señora que llama a la policía para que se vaya un barbudo del cajero, sueñan con infantes expuestos a hombres lascivos, con los acusadores que conservan su puesto de trabajo a precio de su dignidad, largamente sepultada bajo los números ascendentes, con manifestaciones llenas de brazos alzados y rostros rojos, sueñan con la guerra y la matanza, sueñan con eso que solo tú sabes que hiciste y tratas de olvidar para seguir siendo un buen tipo, sueñan con aquello que baja de la noche y se aloja en tu estómago, retorciéndose como las grasientas palabras de un mundo desierto donde todo lo que nace muerde y con el desamparo callado que aprieta los dientes de la imaginación que ataca al que la produce.

Sueñan con nosotros asesinando, violando y escupiendo, volviéndonos negros como la sangre seca.

Y les gusta soñar porque entonces saben que no están solos en su continente, que aunque alguna vez desaparecieran, su labor seria venerada y seguida por las pequeñas criaturas sin pelo, con una imaginación especial para el dolor.

Los monstruos alivian su titánica soledad en los sueños y en nuestras mascaras. Y el continente se amplia, no parece tan cubierto de truenos, tan afiladas sus rocas, ni tan demente el grito del bosque.
Supongo que tú también cierras los ojos y dejas ir la ilusión interminable de ser, es decir, imagino que duermes de vez en cuando. Supongo que te marchas hacia la isla sin océano. Pues mientras te ocupas en estas cuitas has de saber que te observan seres con los brazos como robles y dientes como mandobles, te acompañan gigantes y bestias, en otros tiempos quizás incluso habrías podido verlos, porque no se puede imaginar realmente algo tan terrorífico, usualmente enfrentados a peligros como lavadoras que llenar o menús del día. 
Todas las garras que pensamos son de gato y todos los picos de periquitos o quizás de ganso. Por eso al soñar se parecen solo a sombras.

Sombras que tapan el sol y desgarran el aliento.

Sombras que se marchan después por las rendijas del armario, bajo la cama y por los callejones oscuros de vuelta hacia su continente, un puñado de sombras que regresan a casa.


A veces en la noche escucharás ruidos extraños
Roces de garras y batir de alas
Desde el continente perdido
Alguien recorre los desfiladeros
Déjalos entrar
Solo quieren mirar
Encogidos en la habitación
Solo quieren poner la zarpa en tu frente

Y llenarte de aullidos.