La bachata suena a todo volumen.
Cuerpos agitándose en la oscuridad como espectros
multicolor.
En un taburete hay un niño, en la barra tiene dos muñecos,
uno rojo y otro azul, los mueve entre botellines, como títeres se pelean y
charlan (en su boca los labios se mueven imitando explosiones y chácharas). Y
los deformes gigantes bañados de luces se agitan alrededor de él.
Está claro que lleva allí un buen rato, se aburre y la
bachata no le gusta.
A mí tampoco y yo no
puedo tumbarme en un taburete panza abajo ni rebozarme por el suelo frotándome
los ojos y arañándome el cabello hasta que un gigante me recoja y me limpie el
polvo.
Acabo de salir de trabajar y no puedo tomarme en serio el asunto
de la bachata. Uno se acostumbra a perder pequeñas batallas, a hacer
concesiones circunstanciales. A uno le empieza a importar cada vez menos el
estado general de las cosas mientras no le jodan.
Pero el chico aún pelea todas las batallas, de todos los
tamaños, hasta caer rendido.
Aquí viene, su cara pierde pinceladas y tiende a lo
minimalista, los labios se detienen, los muñecos enzarzados en mortal combate
se vuelven apáticos y olvidan por qué habían venido a luchar a la barra del
bar, quedan yertos y perdidos, tumbados entre la cerveza y los cacahuetes. Sus
ojos se clavan en un punto fijo, su cerebro se cuelga en la contemplación de las
sombras que danzan, para él es un paisaje extraño donde la magia rezuma
palabras de lenguas antiguas, lenguajes que fluyen en la sangre, bajo la piel.
Se empana, se atasca como la mosca aplastada en el aguacero, como el escarabajo
clavado bajo el cristal, los parpados cierran la línea restante y se hace noche
en la torre iluminada.
Se queda flojo sobre el taburete con las piernas dobladas y
los brazos colgando.
Una de las criaturas se preocupa y sale de la niebla de la bachata.
Su madre.
Bajo el estruendo musical se adivinan las tiernas palabras
que le dirige mientras acaricia su cara, levanta al adormilado y lo pasea, sus
amigas se acercan y hay una marea de manos que le toquetean la cabeza,
pellizcan las mejillas y tratan de establecer contacto verbal diciendo: “Cuchi”,
“pequeñín”, “cari”, “ay que monada”, “hola cuchi” y “esta cansadito el pobre”.
El niño gira la cara para no verlas, con pocos resultados ya
que la manada se viene arriba y comienzan a bailar de nuevo, la madre baila con
él en los brazos, le dice: “escucha, escucha, vamos a bailar”. Y danzan
alborozadas elevando sus curvas y espíritus al son de la bachata. El niño
relaja las extremidades, dejándose caer lánguidamente hacia un infinito
desfiladero, trata de demostrar que está cansado y que no le apetece
alborozarse en un bar al son de la bachata, esconde la cara entre los pechos
como si allí hubiera una cabina hermética donde podría aislarse un astronauta
de los rigores espaciales, de la inmensidad helada donde vientos sin sonido aúllan
las indescifrables voces de las estrellas nacientes.
La madre le baja al suelo para tratar de animarle, el niño está
de pie entre los gigantes, mirando una docena de rodillas sin saber muy bien
que se le pide, la tribu trata de mostrarle las peculiaridades del baile para
que se una, pero lamentablemente la bachata es un asunto más complejo de lo que
puede parecer a primera vista y el solo levanta los pies con desgana con
movimientos patéticos y desincronizados.
La madre, seriamente preocupada porque su retoño no sepa
bailar, le agarra de los brazos y le hace bailar, la cara del niño es tranquila
pero severa, le menea por los hombros, parece un títere desmadejado agitado por
el marionetista más triste de la ciudad, las amigas le rodean y hacen como que
bailan con él, les hace mucha gracia dar vueltas alrededor de algo adorable y
se carcajean borrachas mientras el crio trata de moverse al ritmo, está justo
en su incapacidad para hacerlo el chiste, supongo yo.
En algún momento el niño se alza, se rebela contra la
bachata y decide tirarse al suelo, lanzar un órdago, apostar fuerte por la vía
de escape, hacerse el muerto.
Las mujeres se ríen menos y dicen “oh”, “estará cansadito”, “pobrecito”,
“cosita”, y cualquier adjetivo con esa terminación y que implique lastima o
ternura por el sujeto.
La rebelión triunfa y finalmente la madre, tras hablar con él
se da cuenta de que tiene que salir de allí. Así que sale a fumarse un cigarro
y le sienta en un coche, el niño mira la calle y parece más tranquilo, se
agarra al brazo del gigante y mira alargarse el callejón hacia el final.
En el bar los muñecos continúan en la barra, yo también. Una
borracha los coge y se ríe con labios amoratados de vino, como si hiciera años
que no veía una herramienta de evasión imaginativa. Se los pone en los hombros
y le dice a la amiga: “Échame una foto, échame una foto”.
Los muñecos no entienden nada.
Cuando salgo a la calle recuerdo que tengo un robot en la
mochila, que siempre guarda al menos un par de juguetes estúpidos. En fin, para
mí el robot no puede ser un robot, es solo un recordatorio de que hay que hacer
siempre un poco el tonto, me gusta ponerlo en la mesa del café y mirarlo andar,
pero es realmente complicado jugar con él, yo ya no puedo jugar con el maldito
robot, no como el chico podría, por eso lo llevo encima, para no olvidarme de
que hay que intentarlo.
La aproximación a niños, siendo un desconocido con barba de
tres días es generalmente complicada, nadie cree que alguien como yo quiera
jugar con un niño o contarle una historia, al acercarme me miran mal y sonrío
para ablandar las cosas, me agacho frente al chico y le digo: “¿hola cómo estás?”.
Como era de esperar, era lo que le faltaba al pobre y gira la cabeza para no
verme en absoluto. “Mira”, le digo con el robot en la mano, no se gira, de modo
que dejo el robot sobre el coche y lo enciendo, el robot ahí en medio hace algo
extraño y todo el mundo lo mira, incluido el chaval, que de inmediato entiende
que un objeto de tanto poder ha de estar en sus manos, me alejo para que vea
que yo ya no tengo nada que ver con el robot y que renuncio a su uso. El niño
lo coge y se distrae, seguro que él aun es capaz de llevar a ese robot de
vuelta a su planeta.
Al fin y al cabo, no se cuanta bachata le queda por delante,
necesitará estar armado con objetos mágicos de toda clase para no morirse del
aburrimiento entre los gigantes incomprensibles y estúpidos. Es una lástima que
ahora seamos solo eso. Una señora me pregunta: “¿Es para él?”
“Sí”, le contesto. “¿Cómo es que tenías un robot en la
mochila?” Me pregunta.
“No lo sé”, contesto.
Y me aleje de allí pensando en si pillaría el autobús de y
media, y en si la madre sabrá como cambiar las pilas con un pequeño destornillador
cuando el pequeño robot se apague. El robot tenía dos horas de funcionamiento
continuo.
Nunca volví a saber nada de él.