miércoles, 15 de febrero de 2017

Ensueño

Hay un último continente entre detrás y encima de los usualmente conocidos.

Un lugar sin cartografiar, más allá de satélites y demás máquinas voladoras, al que solo se puede llegar al viejo estilo, caminando.

Nadie suele visitarlo porque los caminantes se quedan a vivir en los demás continentes antes de llegar, o creen que no puede existir nada que no haya sido fotografiado y registrado en un libro de viajes, algunos sencillamente se cansan antes de llegar.

Pues bien, justo ahí, en el último continente, es donde se encuentran los monstruos.

En este lugar montañoso de cuevas interminables y cielos rojos, con llanuras demasiado luminosas para descansar tus ojos y ciudades demasiado retorcidas como para no perderse, viven los monstruos y estos como cualquiera, también duermen.

Duermen el primer día de sol tras semanas del feroz invierno que corroe tus huesos y cuando te enamoras, duermen cuando te ríes desde el estómago en logar de poner la mueca impostada habitual y recuerdas que cuanto hacia que no te reías como si fueras una persona y no una careta de cartón, cuando ningún autobús llega tarde y te gusta estar en tu piel.

Esa es la clase de momentos en los que los monstruos duermen.

A veces siestas de unos minutos cuando ves una persona que te gusta en el metro y las sonrisas vuelan como aves sin denominación científica, la magia gravita cubriendo de chispas la megafonía y los pulsos se aceleran como canciones en su cenit, pero ¡oh! Lástima, nadie hace nada al respecto, te bajas en la estación y la sonrisa es ahora un pañuelo de despedida a través del cristal, un “no suelo coger esta ruta”.

A veces duermen por semanas, cuando haces ese viaje extraordinario que planeaste en las horas para comer de tu trabajo y la libertad tañe tus pasos, alberga notas el horizonte como el pentagrama cambiante de una canción que narra tu entusiasmo, antes de recordar que aunque toda ciudad es distinta, los que viven en ellas son siempre los mismos.
O cuando regresas de la consulta, resulta que era benigno y durante muchos días la vida brilla y tú tienes permiso para estar aquí con los demás y te lo tomas en serio, existes a pleno rendimiento asiendo la belleza con un parpado y el placer con el otro, agradecido de cada minúsculo detalle que antes habría sido invisible, habría quedado a un lado mientras caminando, bajabas los infinitos muros de Instagram.

Entonces es cuando duermen los monstruos
Y los monstruos también sueñan, sueñan con nosotros.

Con un niño que hace tropezar al que corre por diversión, con la señora que llama a la policía para que se vaya un barbudo del cajero, sueñan con infantes expuestos a hombres lascivos, con los acusadores que conservan su puesto de trabajo a precio de su dignidad, largamente sepultada bajo los números ascendentes, con manifestaciones llenas de brazos alzados y rostros rojos, sueñan con la guerra y la matanza, sueñan con eso que solo tú sabes que hiciste y tratas de olvidar para seguir siendo un buen tipo, sueñan con aquello que baja de la noche y se aloja en tu estómago, retorciéndose como las grasientas palabras de un mundo desierto donde todo lo que nace muerde y con el desamparo callado que aprieta los dientes de la imaginación que ataca al que la produce.

Sueñan con nosotros asesinando, violando y escupiendo, volviéndonos negros como la sangre seca.

Y les gusta soñar porque entonces saben que no están solos en su continente, que aunque alguna vez desaparecieran, su labor seria venerada y seguida por las pequeñas criaturas sin pelo, con una imaginación especial para el dolor.

Los monstruos alivian su titánica soledad en los sueños y en nuestras mascaras. Y el continente se amplia, no parece tan cubierto de truenos, tan afiladas sus rocas, ni tan demente el grito del bosque.
Supongo que tú también cierras los ojos y dejas ir la ilusión interminable de ser, es decir, imagino que duermes de vez en cuando. Supongo que te marchas hacia la isla sin océano. Pues mientras te ocupas en estas cuitas has de saber que te observan seres con los brazos como robles y dientes como mandobles, te acompañan gigantes y bestias, en otros tiempos quizás incluso habrías podido verlos, porque no se puede imaginar realmente algo tan terrorífico, usualmente enfrentados a peligros como lavadoras que llenar o menús del día. 
Todas las garras que pensamos son de gato y todos los picos de periquitos o quizás de ganso. Por eso al soñar se parecen solo a sombras.

Sombras que tapan el sol y desgarran el aliento.

Sombras que se marchan después por las rendijas del armario, bajo la cama y por los callejones oscuros de vuelta hacia su continente, un puñado de sombras que regresan a casa.


A veces en la noche escucharás ruidos extraños
Roces de garras y batir de alas
Desde el continente perdido
Alguien recorre los desfiladeros
Déjalos entrar
Solo quieren mirar
Encogidos en la habitación
Solo quieren poner la zarpa en tu frente

Y llenarte de aullidos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario