sábado, 19 de noviembre de 2016

PEM

Hoy la lluvia es fuerte como en los viejos inviernos.

Un hombre que corre puede ocultarse en su sonido
siempre que aún no haya escapado de sus manos.
La lluvia escapa con el tiempo, hasta ser sólo agua
contra el techo de paraguas.

Si has guardado algo de tormenta
bajo el músculo
puedes oír su llamada, los surcos que abre sobre el vacío,
caminos poblados de animales negros, ciudades varadas en la noche.

Vagarás tras la cuna del silencio
con la solemnidad de un santo desterrado.
con los viejos rituales naufragados en la luz,
ocultos en las hendiduras del mundo plano
despertando a los magos y a las bestias.

Ahora que arriban los puentes
tendidos sobre el hormiguero
me pregunto,
cuanto podré retener lo que abisma la llaneza de la calle,
cada día más callada,
ausente de posibilidad,
clavada en un ojo hueco.
Si hace su trabajo el tiempo
mientras se funde lo imposible
en la forja de hombres vacíos.

Las últimas gotas de tormenta
se agitan en el puño cerrado del insomnio,
palabras abandonadas por la lluvia al caer:

El delirio aguanta sin la locura,
la sangre puede moverse
fuera de los caminos señalizados,
la tempestad
es la medida del olvido.

Lenguas perdidas que llegan
rápidas como la rabia.

El oído se adelanta cuando la lluvia
viene solo a por ti
en la inmensidad gris
y sincera.

Cuando viene a por ti
          solo
y recuerdas
que más allá de tu rostro
se extiende el lugar
donde las huellas se pierden
en luces celestes,
poluciones nocturnas
de la inflamación del sueño.

En el puño cerrado de la tormenta,
donde anidan las lunas
y diminutos pasajeros perdidos.

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